Visitantes del Mercado de Frutas y Verduras

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¡Visitamos el hogar de EVA! (Y es fabuloso…)

29 Ene , 2015  

Vecinos de Arganzuela en la visita al Mercado de Frutas en Legazpi

A las 15:15h, un cuarto de hora antes de la cita oficial, una veintena larga de personas, delegadas por el Espacio Vecinal Arganzuela (EVA), se saludan ante la puerta del antiguo Mercado de Frutas y Verduras de Legazpi con verdadero entusiasmo, pues por fin se les ha concedido permiso para acceder a este recinto público, abandonado desde hace muchos años (Mercamadrid lo jubiló en los 80’ de sus funciones originarias y fue sede del SAMUR hasta 2007) y cuyo uso autogestionado reclaman para el barrio.

Al otro lado de la valla –garita y barrera de seguridad de por medio- esperan representantes de la Dirección General de Gestión y Defensa del Patrimonio, de la Dirección General de Participación Ciudadana y vigilantes de una compañía privada. El edificio es una enorme “U” que da la espalda al Manzanares (Madrid Río) y junta sus brazos en la Plaza de Legazpi; enfrente, desemboca el vértice de otro triángulo histórico: la colonia de <el Pico del Pañuelo>. Vistas desde arriba, ambas parcelas triangulares conforman una especie de reloj de arena, imagen del ritmo parsimonioso pero inexorable con el que el distrito se despereza desde hace tiempo, desde antes incluso de ser espoleado por el vecino Matadero, ejemplo flamante de regeneración urbana (aunque no exactamente de aliento popular).

DNI a DNI, los visitantes pasan el control y son recibidos por los cicerones oficiales, con amable y tensa cortesía. Muy al contrario, es decir, ariscos pero cómodos, varios gatos se desperezan al fondo, en el enorme patio (6.890 m2) que sigue al de entrada; su actitud es lógica: pocos seres vivos cuentan –con la que está cayendo- con un espacio vital tan formidable.

Los representantes del EVA parecen empatizar más con quienes pueblan de forma natural el espacio, pues pronto se sienten lo suficientemente cómodos como para explorar y registrar con libertad (notas, fotos…) las posibilidades del antiguo mercado. Las opiniones técnicas de los acreditados arquitectos que apoyan la iniciativa ciudadana (Sergio Martín Blas, Eduardo Mangada y Gabriel Carrascal) contribuyen de forma decisiva a recuperar el entusiasmo perdido por el protocolo de inicio: las calas que pueden observarse en el suelo –se dice, por ejemplo- demuestran que la estructura está muy bien, que es muy robusta; lo que se traduce popularmente como “si es que esto está para entrar a vivir” o “qué fotogénico es: mira qué luz tan bonita entra.”

Ha pasado más de media hora y la mentalidad práctica y el sentido del trabajo se imponen: ya en la planta de arriba (largos corredores, naves a los lados, la báscula de camiones), la gente se arremanga y se registran entonces en el espacio todos los proyectos que se han trabajado en las reuniones y que se han enseñado (en redes sociales, con trabajo de información en la calle, en los comercios, con talleres…) y practicado en las diferentes convocatorias vecinales: aquí podría montarse nuestro “bikepark”, dice la gente de La Traba –corazón y motor sentimental (casi físico) de EVA-; aquí podrían alojarse los talleres de artes plásticas para niños, dicen otros; allí los de baile; más allá hay sitio de sobra para salas de apoyo escolar, para bibliotecas de intercambio, para salas de lectura…; aquellos locales son ideales para los proyectos medioambientales o para los grupos de consumo…

Visitando el Mercado para negociar su cesión

Conforme se entra en faena y se repara, especialmente, en los carteles que aún recuerdan a quienes regentaron los puestos del edificio (“María Rienda: Puesto 50”, “Julián Benavente: Puesto 64”), se produce un acercamiento “entre las partes” (probablemente ilusorio pero obligado), que conviene en dar al César lo que es del César, en que si las asperezas políticas no deberían, en que mira qué bien lo del Matadero… y se celebra con unanimidad, en definitiva, la frase lapidaria que sostiene: “la mejor manera de proteger y de conservar un edificio es usándolo”.

Desde la visera de la planta superior que da a la Plaza de Legazpi, con el Paseo de las Delicias enfrente, el grupo se hace una foto bajo el sol pletórico del atardecer de invierno; el entusiasmo sale muy favorecido, aunque el realismo no tanto.

Y es que una hora después de entrar al antiguo mercado toca bajar de nuevo al nivel del asfalto. Ya a pie de calle se visitan las antiguas cocheras del SAMUR, junto a las cuales hay algunas pocas dependencias anexas, en muy buen estado, y se observan estaciones en las que se cargan coches eléctricos (del proyecto europeo FREVUE). Se percibe, por tanto, que el cambio de espacio ha supuesto también un desplazamiento en el tiempo, pues las razones del desuso no pueden justificarse ya con una coartada histórica: el edificio todavía es útil y aún puede dar servicio; porque de hecho lo está dando (aunque de forma ínfima si atendemos a sus titánicas proporciones).

Esta sospecha (y la decepción consecuente) se acentúa cuando se llega a la parte posterior del edificio, fría y desangelada (a pesar de que el oyente lego se entusiasma al oír a los arquitectos que hay una rareza arquitectónica con forma de heptágono o que aún se puede intuir la cicatriz de las vías del tren); en esa parte gris y desabrida –decía- cuyos muros dan paradójicamente al nervioso y verde paseo de Madrid Río, alguien pregunta a qué se dedicaba aquella zona de la esquina, franqueada por un número inverosímil de colchones: ese espacio –le responden- estuvo cedido a BUSF (Bomberos Unidos Sin Fronteras); con orgullo y amargura se da la réplica lógica: “O sea, que ya se ha cedido antes…”.

Hay un silencio muy elocuente, aunque no del todo incómodo (por no imprevisto). Pero la visita se acerca a su fin y lo hace con cordialidad, aunque a estas alturas del partido ya nadie puede negar que la palabra “cesión”, como en el cuento del traje del Emperador, ha mostrado de nuevo la realidad desnuda: hoy por hoy, lo cierto es que se interpone una cuestión de voluntad.

A pesar de todo, después de una hora más que generosa de visita, se sale del edificio (algunos se resisten amparados en la cortesía de los saludos) con una sonrisa en la boca, aún más sincera cuando se comprueba que hay gente que espera fuera.

Y ni ese recibimiento tan cinematográfico, ni el hecho mismo de sentir alivio al pisar territorio conocido, ni siquiera que casi pueda escucharse el cierre de las rejas a nuestras espaldas, nos disuade a uno solo de los que integramos el Espacio Vecinal Arganzuela de la profunda convicción de que no hay derecho a ponerle puertas al campo.

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